
Siento predilección por las películas sobre comida o en las que ésta es el leitmotiv de las historias como en “Un toque de canela”, “El banquete de Babette“, “Chocolat” o “Cuscús“, pero esto daría para otro post. Estos días me he sentido un poco como los protagonistas de esta películas, conocedores del lenguaje del mimo en la cocina. Disfrutar en cada mezcla: la harina, el huevo, el azúcar… sí, feliz con el proceso tanto como cuando ves a un amigo deleitarse con lo que has cocinado con tanto mimo.
Este post no es una receta, si no mi aventura como repostera. Son magdalenas atemporales, todo el que las come suma unos gramos de felicidad.
¿Cómo empieza todo?
Hacía meses que había comprado moldes de colores para hacer magdalenas, también una jeringuilla-manga pastelera y llevaban meses en uno de los muebles de la cocina. Ya he contado que los postres no son lo mío. El cumpleaños de Lydia se acercaba y quería sorprenderla. ¿Cocinando una tarta? Ni de coña. “Voy a probar a usar esos moldes y a hacer magdalenas que pueda tunear”.
Pero antes tenía que probar para que el día del cumpleaños fueran magdalenas esponjosas, deliciosas y apetecibles.
Primera fase. ¿Cómo hago el bizcocho? Busco varias recetas y al final, la que más me convence es esta con leche de coco. Voy al supermercado urgentemente y no la encuentro, pero no renuncio a hacerla. En el momento decisivo, batiendo la masa, sin pensarlo dos veces vuelco un yogurt de limón. ¿Aparece en la receta? No, pero malo no puede estar si las cantidades del resto de cosas, las he tanteado bien, porque no las he medido ni pesado. Cojo un vaso de propaganda de Bailys que me sirva de medida. Funciona.
La segunda fase. El horno. 170/180 º. Los moldes rellenos. 20/25 minutos y a esperar. El olor a bizcocho corría por la casa y yo como un cría frente al horno viendo la evolución. Primera conclusión, hoy quiero hacer magdalenas y no muffins americanas grandotas y cabezonas, por lo que hay que poner menos masa en los moldes. Sí, cabezonas pero olían genial.

Mis primeras magdalenas
Tercera fase. El topping, frosting o lo que es lo mismo, la cremita para cubrir mis magdalenas. Seguí esta receta a base de mantequilla y philadelphia que lo usé light. Como no tenía azúcar glass, le pego con azúcar normal. La crema quedó algo líquida y levemente grumosa por el azúcar. Daba igual, sabía bien, así que me atreví a fundir un poco de chocolate y mezclarlo.
Cuarta fase. Invité a algunos amigos para que las probaran y me dieran su opinión. Como siempre, ellos encantados y yo analizando el resultado.

Al fondo, el frosting líquido
Vale, había descubierto que era capaz de hacer magdalenas y atreverme a decorarlas. A por el segundo paso: la perfección. Pilar cumple años y vamos a su casa a celebrar una barbacoa fin de verano. Es sábado y me levanto a las 10 para prepararle el postre. Vuelvo a usar las mismas recetas, esta vez sin yogurt de limón, con azúcar glass y con más queso Philadelphia para que quede más espesa la crema. La perfección se consigue poco a poco así que me compré un cuchara para servir helados que es la medida perfecta para rellenar los moldes.
Ese día hice cuatro hornadas de 12 bizcochitos cada una. Mejoré mi técnica haciendo la mitad con pepitas de chocolate que añadí a la misma masa. Además, mejoré la decoración con crema con aroma de vainilla y chocolate, flores de violeta, canela, chocholate y ramitas de vainilla.

Segunda prueba: las magdalenas de Pilar
¿Cómo llevé 24 magdalenas a la sierra de Madrid? En autobus y en una caja de Adidas nunca usada una vez estrenadas las zapatillas y forrada de papel film.
Y llegó el día: el cumpleaños de Lydia. Días antes fui haciendo acopio de detalles que aportarían a las magdalenas. Mi reto: incrementar los sabores. Ya no me bastaban el chocolate y la crema avainillada. Piña colada, caramelo, azahar y lavanda eran la apuesta.
Hice una primera masa con un aroma a vainilla, a una parte le añadí pepitas de chocolate. Las horneé y quedaron perfectas. Mientras, seguí el truco de mi amiga Begoña para hacer una nueva masa con aroma a lavanda: calentar un vaso de leche y añadirle unas flores de lavanda, dejarlo reposar una hora y añadir a la nueva masa. Brutal el efecto de sabor.

Dando color a las magdalenas
En esta ocasión usé por primera vez el colorante, por supuesto sin seguir las recomendaciones para mezclarlos a mi eso los colores primarios y secundarios como que no.
Los frosting de piña colada y caramelo no son otra cosa que azúcar glass aromatizada, como el azúcar avainillado. Esos los compré. El que llevaban las magdalenas de lavanda era de azahar, un aroma líquido también muy recurrente en repostería. Y a decorar con brío.
Este fue mi regalo para Lydia:


Octubre ha sido el mes de las magdalenas atemporales. Ayer hice otra variación en la crema, le añadí aroma de limón y estaban deliciosas. Hoy mismo, la última prueba: bocaditos de bizcocho con trocitos de manzana y pepitas de chocolate.


Con algo de menos miedo en la repostería seguiremos aprendiendo. Poco a poco. Ya me he hecho con una manga pastelera y varias herramientas más y tengo un mueble lleno de ingredientes para postres, todo un reto.
ACTUALIZACIÓN:
A raíz de mi tuit diciendo que había escrito este post, María Castelló me recuerda “La Magdalena de Proust”:
« […] En cuanto reconocí el sabor del pedazo de magdalena mojado en tila que mi tía me daba (aunque todavía no había descubierto y tardaría mucho en averiguar el por qué ese recuerdo me daba tanta dicha), la vieja casa gris con fachada a la calle, donde estaba su cuarto, vino como una decoración de teatro a ajustarse al pabelloncito del jardín que detrás de la fábrica principal se había construido para mis padres, y en donde estaba ese truncado lienzo de casa que yo únicamente recordaba hasta entonces; y con la casa vino el pueblo, desde la hora matinal hasta la vespertina y en todo tiempo, la plaza, adonde me mandaban antes de almorzar, y las calles por donde iba a hacer recados, y los caminos que seguíamos cuando hacía buen tiempo. Y como ese entretenimiento de los japoneses que meten en un cacharro de porcelana pedacitos de papel, al parecer, informes, que en cuanto se mojan empiezan a estirarse, a tomar forma, a colorearse y a distinguirse, convirtiéndose en flores, en casas, en personajes consistentes y cognoscibles, así ahora todas las flores de nuestro jardín y las del parque del señor Swann y las ninfeas del Vivonne y las buenas gentes del pueblo y sus viviendas chiquitas y la iglesia y Combray entero y sus alrededores, todo eso, pueblo y jardines, que va tomando forma y consistencia, sale de mi taza de té […]»
(Marcel Proust, En busca del tiempo perdido: Por el camino de Swann)