Hemos cogido un puñado de fotografía familiares, unas cuántas palabras agolpadas, escritas sin pensar que no son sino recuerdos (y presente), pero que me han ayudado, para reconstuir una parte de sus casi 81 años y una parte de mis 26.
Desde que naciste en 1928, y hasta llegar a los 81 años, muchas cosas han pasado, has vivido y has sentido. Los nietos, tenemos la extraña (y fea) costumbre de pensar que los abuelos son unos seres que están ahí y nos vale como respuesta “Estoy bien. Ahí sigo con el dolor en el brazo. Es que ya tengo una edad” cuando preguntamos “¿Cómo estás?”. Nunca nos planteamos que la respuesta sea “estoy contenta”, “estoy triste”, “echo de menos a tu abuelo” o “me gustaría que vinierais más a verme”.
Intento buscar en mi cabeza algo sobre tu infancia, hago un repaso desde que era pequeña, pero me cuesta trabajo poder narrar tu vida porque a penas sé cómo has vivido. Algún día me contaste que de pequeña los niños te decían “la campera” porque trabajabas en el campo, pero es lo único que puedo rescatar de tu infancia. También recuerdo que trabajabas en un banco, y hasta que me hice más mayor, no sabía qué hacías en él. Entre mis recuerdos también aparece algo de una cuadra pero no con la suficiente claridad como para poder ponerlo en pie.
Tarifa y esa casa, donde vives, ha marcado mi infancia y creo, que la del resto de tus nietos y por supuesto, la de tus hijos, nueras y yernos. Ese patio, luminoso, lleno de macetas y flores, era como un bosque mágico donde inventamos muchas historias. Al final, una pequeña ventana y un pozo, donde durante unos años María Dolores y yo pensamos que vivía “la mano negra”, una historia que un niño que quería asustarme me contó en el colegio. Al lado del pozo, una escalera que llevaba a la azotea donde vivía la pastor alemán, Zara y otro perro del que no recuerdo el nombre.
También en la zona del pozo, había una puerta, que nos permitía ir a las escaleras donde el notario tenía la oficina y ahora vive la Tita Loli. Siempre pensé que ser notario era lo mismo que ser una mala persona, un monstruo, porque nunca nos dejabais cruzar esa puerta, aunque de vez en cuando, jugábamos al escondite en esas escaleras, que me parecían gigantes y tenebrosas, esperando que el notario nos atrapase.
Volvamos al patio mágico, donde limpiabas el pescado en el husillo cuando venías de la plaza y las escamas brillaban mientras el agua de la manguera corría. Al otro lado del pozo, estaba la cueva negra, oscura, donde el olor era diferente debido a los pájaros y a la cantidad de trastos que había apilados, nunca queríamos entrar solos. Había que cruzar un pasillo muy oscuro y con el suelo de piedras, para ir a ver a la “abuela la chica”, a la casa que ahora es una tienda. Me costó trabajo entender que “abuela la chica” era tu madre, porque no sabía que las abuelas podían tener madre. Ahora eres tú la “abuela la chica” de Adrián.
Dejemos el patio mágico para irnos a la casa. La puerta de cristales amarillos creaba una luz en el pasillo muy especial y el portón de madera y cristales que nos permiten adivinar quién nos abrirá la puerta. Abuelo siempre estaba fuera, vigilando para que los niños de los pabellones no jugaran en la acera y que no mancharan la pared.
Cuando éramos pequeños, el salón no era el de ahora, ahí nos juntábamos para jugar y solo había un mueble cama. Después abuelo, quiso hacer una chimenea ahí y un arco de madera que comunicara el salón y la cocina. La salita se convirtió en el sitio del postre, donde comíamos los petit suisse o la comtessa, después del pollo en salsa, la ensaladilla y puchero, mientras los mayores comíais el arroz guisao y las gambitas pequeñas cocidas. Abuelo se sentaba el primero, a un extremo y siempre tenía un plato pequeño con ensalada de lechuga, tomate y cebolla al lado, solo para él. Tras la comida, separabas los restos, para los perros, las gallinas y los gatos de los pabellones. Hoy todavía lo haces.
En la casa hay objetos imposibles de olvidar, grabados en la memoria, como el oso verde que colgaba en la esquina de la habitación, presente en todas la fotos que tenemos mientras nos poníamos los trajes de gitana, nos ponían la laca, la sombra azul en los ojos y el lunar en la mejilla, listas para recibir a la Virgen de la Luz y los cientos de caballos que la acompañaban (abuelo siempre sabía cuántos iban). Tu salías la última de tu habitación, con tu vestido camisero, tu collar de perlas, los labios pintados con una pincelada de color y el bolso colgado del brazo. Después a comer codornices a la feria.
También grabados en nuestra memoria están los olores del mueble marrón oscuro de la salito, donde tenías la mercromina, o el del armario de la habitación grande, donde guardábamos los trajes de gitana envueltos en sábanas o el papel con flores verdes de su interior. Otro armario, el de la habitación de la Tita Loli, atestado de Burdas y ovillos de lana de colores, con los que nos hacías los jerséis para el invierno (la chaqueta de lanita rosa, verde, celeste y blanco con botones de gatitos o la trenca de lana con gorrito y botones de madera). Ahora sé que me gustaba verte hacer punto, cómo cruzabas las agujas y la lana.
Cogías la cesta de mimbre y empezaba la mañana. Nos vamos a la plaza. Comprar el pescado y el paso por la panadería donde nos comprabas los colines grandes y la panadera te decía “esta es clavada a ti”, y tú decías “es la de mi hijo Pepe y Fina, la hermana de Matías, que han venido el fin de semana”, “es que tienes unos nietos muy guapos”, seguía la panadera y tú siempre decías “pues el chico, cuando nació eras más feíto, pero ahora está muy lindo” o “la de mi hijo Nene, es una muñeca”. Siempre había uno más chico después de José Andrés, así que adivina a quién te referías… Del mercado íbamos a la plaza del Celaje, a la tienda de Santiveri, nunca supe qué comprabas ahí. Continuábamos la ruta subiendo la Calle de la Luz, parada obligada ante la virgen y después en la tiendita donde comprabas el Teleindiscreta (después también te aficionaste a leer el Telenovela o el Hola), y para los nietos las mariquitinas, los cromos, lo cochecitos de carrera o las bolsitas con vaqueros e indios. Llegábamos a casa y nos tocaba la visita a la Clementina o al hiper a comprar el chope para la merienda. Parece que me estoy tomando el bocadillo con el pan de masa gorda con los pegotones de Tulipán y viendo a María Dolores, bebiéndose el Nesquik frío, (porque en tu casa no se bebía colacao, que dejaba grumos). También recuerdo las infusiones de hierbaluisa cuando me dolía la barriga o una noche que te empeñaste en darme leche con miel para la garganta y no me lo tomaba porque no me gusta la leche sola y además, nunca colabas la leche caliente y tenía nata… aaaaahhh!
Después estaba el campo. Íbamos a coger caracoles, las tagarninas con las zoletas de abuelo, los paseos por el campo y las visitas a la playa, donde una vez, estabas en la orilla, con las manos atrás y las olas fueron enterrando tus pies, hasta que llegó una ola grande y te tiró con las gafas puestas. Cuánto nos reímos, María Dolores (con tapones y gorro, por la otitis), Jose, José Andrés y yo. Mientras los chicos, Almu, José Francisco y Lidia, jugaban en la arena. Javier no había nacido aún.
El día empezaba en el campo cuando llegabais en el coche rojo, con el pan y las revistas que servían para quitarles el estreñimiento a la Tita Loli y la Tita Luisa. Después de desayunar, podíamos bañarnos en la piscina. Abuelo comía el pan macho con ajo y aceite, los niños las tostás con Tulipán derretido por el calor y el Tito Nene comía las tostadas con una margarina que olía muy fuerte, la ZAS. Parece que tengo el olor metido en la nariz…
Del campo hay muchas escenas divertidas: los vídeos del Tito Nene, el pozo, el Guni, las gallinas, la alberca que después fue piscina, los gatos del alemán, los melones y sandías enanos que cogíamos del huerto para jugara a las casitas, el cuarto de las herramientas, las casetas que hacían los niños, las bicis, las caídas de María Dolores, las partidas a la lotería, el café a media tarde, las macetas y limones con clavo para ahuyentar las moscas, el fin de año que pasamos allí con el ciprés decorado con tacos de madera de la carpintería del Tito José, los cafés a media tarde, los chinchorros del perro, las picaduras de avispas, los helados, las bolsas de chuches que comprabas en el piojito de los martes, la matanza del cerdo, las sardinas en la barbacoa, José Francisco vestido con ojas de parra, las duchas con la manguera gorda del pozo, los cajillos de erizos que cortábamos con las tijeras, las grandes sandías, las visitas de otros tíos y primos, la tele que nunca se veía porque entraba la señal de los moros, las cigüeñas que se quemaban en la torre de electricidad, las vistas al campo de al lado cuyo dueño era familia de la Tita Luisa, pero nunca llegué a saber qué le tocaba, los relojes guardados en los cajones… y más cosas. Muchas risas.
Esto es solo una parte de tu vida, la que yo recuerdo y creo que el resto de la familia también. Son lugares comunes, recuerdos comunes, vivencias comunes de nietos, bisnieto, parejas de los nietos, hijos, nueras y yerno. Entre todos podríamos reconstruir tus 81 años. Feliz cumpleaños abuela Beatriz.
Abril 2009