Lo que el teatro una que no lo separe hombre o mujer. Que no.

A todas, porque por las venas va. 

Miró a la derecha y se vio multiplicada por mil encima de la bicicleta. Vuelve al centro. Presiona de tu cuello hacia la izquierda. Y se vio multiplicada por mil de nuevo. Así durante casi 45 minutos que duraba la clase. Ella no era ella. O sí. Ella se levantaba con la convicción de haberlo hecho siempre, tal vez en alguna otra vida. Ella que no es ella pero que a la vez es ella. “La vida”, piensa.

“Tú y yo tendríamos que echar un pulso para ver quién es más feliz” le dice. Y ella sonríe, mucho, mientras ve esas palabras escritas en una cuadrícula del chat. “Hoy a mi no hay quien me gane”, piensa mientras teclea. Suspira. Sonríe y los ojos se le entornan al paladear el sabor y el olor de los otros, el paso firme  de uno y el ritmo imperfecto de otros. El inicio de una nueva mini-era. Y qué bien saben los retos – del tamaño que sean-. La menta del chile gastado en su boca de personaje sabe a libertad.

Jugó años atrás pero esta vez lo hizo rindiendo un callado homenaje desbocado días después por un “I proud of you”. La felicidad es calor. La mano que pasa creando energía cinética por el lomo. Cuántas más veces deslices tu palma de la mano más energía generas. Hay a quien se le olvida, hay quien solo pone el lomo.

El lugar donde habita la ficción es real. Un viaje en metro en el que dos trovadores del siglo XXI narran las andanzas de un Tirso de Molina o de Calderón de la Barca. Pasados que retornan a los presentes. Disfraces. Camaleones en febrero. Una sonrisa de 24 horas dibujada en su cara y después otra función. Pasado otra y, otra al día siguiente.

No obligadla a desmaquillarse. Que el tiempo no se pare. Firma con Satanás a cambio de sentir la libertad no del manido esto es  ”jugar a ser otra” si no de ser a partir de ser tu misma.

Egocéntrica en su centro.

 

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