Beatriz
April 6th, 2009 | Published in amor | 13 Comments
Hemos cogido un puñado de fotografía familiares, unas cuántas palabras agolpadas, escritas sin pensar que no son sino recuerdos (y presente), pero que me han ayudado, para reconstuir una parte de sus casi 81 años y una parte de mis 26.
Desde que naciste en 1928, y hasta llegar a los 81 años, muchas cosas han pasado, has vivido y has sentido. Los nietos, tenemos la extraña (y fea) costumbre de pensar que los abuelos son unos seres que están ahí y nos vale como respuesta “Estoy bien. Ahí sigo con el dolor en el brazo. Es que ya tengo una edad” cuando preguntamos “¿Cómo estás?”. Nunca nos planteamos que la respuesta sea “estoy contenta”, “estoy triste”, “echo de menos a tu abuelo” o “me gustaría que vinierais más a verme”.
Intento buscar en mi cabeza algo sobre tu infancia, hago un repaso desde que era pequeña, pero me cuesta trabajo poder narrar tu vida porque a penas sé cómo has vivido. Algún día me contaste que de pequeña los niños te decían “la campera” porque trabajabas en el campo, pero es lo único que puedo rescatar de tu infancia. También recuerdo que trabajabas en un banco, y hasta que me hice más mayor, no sabía qué hacías en él. Entre mis recuerdos también aparece algo de una cuadra pero no con la suficiente claridad como para poder ponerlo en pie.
Tarifa y esa casa, donde vives, ha marcado mi infancia y creo, que la del resto de tus nietos y por supuesto, la de tus hijos, nueras y yernos. Ese patio, luminoso, lleno de macetas y flores, era como un bosque mágico donde inventamos muchas historias. Al final, una pequeña ventana y un pozo, donde durante unos años María Dolores y yo pensamos que vivía “la mano negra”, una historia que un niño que quería asustarme me contó en el colegio. Al lado del pozo, una escalera que llevaba a la azotea donde vivía la pastor alemán, Zara y otro perro del que no recuerdo el nombre.
También en la zona del pozo, había una puerta, que nos permitía ir a las escaleras donde el notario tenía la oficina y ahora vive la Tita Loli. Siempre pensé que ser notario era lo mismo que ser una mala persona, un monstruo, porque nunca nos dejabais cruzar esa puerta, aunque de vez en cuando, jugábamos al escondite en esas escaleras, que me parecían gigantes y tenebrosas, esperando que el notario nos atrapase.
Volvamos al patio mágico, donde limpiabas el pescado en el husillo cuando venías de la plaza y las escamas brillaban mientras el agua de la manguera corría. Al otro lado del pozo, estaba la cueva negra, oscura, donde el olor era diferente debido a los pájaros y a la cantidad de trastos que había apilados, nunca queríamos entrar solos. Había que cruzar un pasillo muy oscuro y con el suelo de piedras, para ir a ver a la “abuela la chica”, a la casa que ahora es una tienda. Me costó trabajo entender que “abuela la chica” era tu madre, porque no sabía que las abuelas podían tener madre. Ahora eres tú la “abuela la chica” de Adrián.
Dejemos el patio mágico para irnos a la casa. La puerta de cristales amarillos creaba una luz en el pasillo muy especial y el portón de madera y cristales que nos permiten adivinar quién nos abrirá la puerta. Abuelo siempre estaba fuera, vigilando para que los niños de los pabellones no jugaran en la acera y que no mancharan la pared.
Cuando éramos pequeños, el salón no era el de ahora, ahí nos juntábamos para jugar y solo había un mueble cama. Después abuelo, quiso hacer una chimenea ahí y un arco de madera que comunicara el salón y la cocina. La salita se convirtió en el sitio del postre, donde comíamos los petit suisse o la comtessa, después del pollo en salsa, la ensaladilla y puchero, mientras los mayores comíais el arroz guisao y las gambitas pequeñas cocidas. Abuelo se sentaba el primero, a un extremo y siempre tenía un plato pequeño con ensalada de lechuga, tomate y cebolla al lado, solo para él. Tras la comida, separabas los restos, para los perros, las gallinas y los gatos de los pabellones. Hoy todavía lo haces.
En la casa hay objetos imposibles de olvidar, grabados en la memoria, como el oso verde que colgaba en la esquina de la habitación, presente en todas la fotos que tenemos mientras nos poníamos los trajes de gitana, nos ponían la laca, la sombra azul en los ojos y el lunar en la mejilla, listas para recibir a la Virgen de la Luz y los cientos de caballos que la acompañaban (abuelo siempre sabía cuántos iban). Tu salías la última de tu habitación, con tu vestido camisero, tu collar de perlas, los labios pintados con una pincelada de color y el bolso colgado del brazo. Después a comer codornices a la feria.
También grabados en nuestra memoria están los olores del mueble marrón oscuro de la salito, donde tenías la mercromina, o el del armario de la habitación grande, donde guardábamos los trajes de gitana envueltos en sábanas o el papel con flores verdes de su interior. Otro armario, el de la habitación de la Tita Loli, atestado de Burdas y ovillos de lana de colores, con los que nos hacías los jerséis para el invierno (la chaqueta de lanita rosa, verde, celeste y blanco con botones de gatitos o la trenca de lana con gorrito y botones de madera). Ahora sé que me gustaba verte hacer punto, cómo cruzabas las agujas y la lana.
Cogías la cesta de mimbre y empezaba la mañana. Nos vamos a la plaza. Comprar el pescado y el paso por la panadería donde nos comprabas los colines grandes y la panadera te decía “esta es clavada a ti”, y tú decías “es la de mi hijo Pepe y Fina, la hermana de Matías, que han venido el fin de semana”, “es que tienes unos nietos muy guapos”, seguía la panadera y tú siempre decías “pues el chico, cuando nació eras más feíto, pero ahora está muy lindo” o “la de mi hijo Nene, es una muñeca”. Siempre había uno más chico después de José Andrés, así que adivina a quién te referías… Del mercado íbamos a la plaza del Celaje, a la tienda de Santiveri, nunca supe qué comprabas ahí. Continuábamos la ruta subiendo la Calle de la Luz, parada obligada ante la virgen y después en la tiendita donde comprabas el Teleindiscreta (después también te aficionaste a leer el Telenovela o el Hola), y para los nietos las mariquitinas, los cromos, lo cochecitos de carrera o las bolsitas con vaqueros e indios. Llegábamos a casa y nos tocaba la visita a la Clementina o al hiper a comprar el chope para la merienda. Parece que me estoy tomando el bocadillo con el pan de masa gorda con los pegotones de Tulipán y viendo a María Dolores, bebiéndose el Nesquik frío, (porque en tu casa no se bebía colacao, que dejaba grumos). También recuerdo las infusiones de hierbaluisa cuando me dolía la barriga o una noche que te empeñaste en darme leche con miel para la garganta y no me lo tomaba porque no me gusta la leche sola y además, nunca colabas la leche caliente y tenía nata… aaaaahhh!
Después estaba el campo. Íbamos a coger caracoles, las tagarninas con las zoletas de abuelo, los paseos por el campo y las visitas a la playa, donde una vez, estabas en la orilla, con las manos atrás y las olas fueron enterrando tus pies, hasta que llegó una ola grande y te tiró con las gafas puestas. Cuánto nos reímos, María Dolores (con tapones y gorro, por la otitis), Jose, José Andrés y yo. Mientras los chicos, Almu, José Francisco y Lidia, jugaban en la arena. Javier no había nacido aún.
El día empezaba en el campo cuando llegabais en el coche rojo, con el pan y las revistas que servían para quitarles el estreñimiento a la Tita Loli y la Tita Luisa. Después de desayunar, podíamos bañarnos en la piscina. Abuelo comía el pan macho con ajo y aceite, los niños las tostás con Tulipán derretido por el calor y el Tito Nene comía las tostadas con una margarina que olía muy fuerte, la ZAS. Parece que tengo el olor metido en la nariz…
Del campo hay muchas escenas divertidas: los vídeos del Tito Nene, el pozo, el Guni, las gallinas, la alberca que después fue piscina, los gatos del alemán, los melones y sandías enanos que cogíamos del huerto para jugara a las casitas, el cuarto de las herramientas, las casetas que hacían los niños, las bicis, las caídas de María Dolores, las partidas a la lotería, el café a media tarde, las macetas y limones con clavo para ahuyentar las moscas, el fin de año que pasamos allí con el ciprés decorado con tacos de madera de la carpintería del Tito José, los cafés a media tarde, los chinchorros del perro, las picaduras de avispas, los helados, las bolsas de chuches que comprabas en el piojito de los martes, la matanza del cerdo, las sardinas en la barbacoa, José Francisco vestido con ojas de parra, las duchas con la manguera gorda del pozo, los cajillos de erizos que cortábamos con las tijeras, las grandes sandías, las visitas de otros tíos y primos, la tele que nunca se veía porque entraba la señal de los moros, las cigüeñas que se quemaban en la torre de electricidad, las vistas al campo de al lado cuyo dueño era familia de la Tita Luisa, pero nunca llegué a saber qué le tocaba, los relojes guardados en los cajones… y más cosas. Muchas risas.
Esto es solo una parte de tu vida, la que yo recuerdo y creo que el resto de la familia también. Son lugares comunes, recuerdos comunes, vivencias comunes de nietos, bisnieto, parejas de los nietos, hijos, nueras y yerno. Entre todos podríamos reconstruir tus 81 años. Feliz cumpleaños abuela Beatriz.
Abril 2009





April 6th, 2009at 8:17 am(#)
Hola guapa,
-curioso nombre el de la pastor alemán:)-
ha sido irremediable no leerte…
es precioso lo escrito y como lo has hecho, no te conozco de nada, pero me he imaginado tu vida en cada palabra. Ha sido como si vuestra vida pasará por delante de ésta lectora. Increible.
Felicidades. A ella y a ti.
April 6th, 2009at 8:31 am(#)
Ha sido un placer conocerte mejor a través de tu abuela Beatriz. Eres muy ella. Que la disfrutes mucho porque cuando LA ABUELA se va, se rompen muchos lazos con la tierra, con la infancia.
Besos,
Patricia
April 6th, 2009at 9:58 am(#)
Querida”lechuga”:espero llegar a vieja y tener una nieta o nieto(no me voy a poner quisquillosa) que me retrate como tú has hecho con tu abuela Beatriz.Me has emocionado y si preguntas a quienes me concen bien,te dirán que no es fácil.
Felicítala de mi parte por su cumple y por su nieta.Besotes
P.D.cuando digo vieja quiero decir más vieja…aún,que mi madre con mi edad ya tenía varios nietos..jejeje
April 6th, 2009at 10:09 am(#)
Gracias Masus… pero como dice Patricia,http://www.bestiarios.org/?p=565 al final, el mérito son de los abuelos que viven en silencio a través de las vidas de sus hijos, nietos y bisnietos
April 7th, 2009at 12:12 am(#)
Preciosa historia y preciosos recuerdos!
April 7th, 2009at 1:04 am(#)
Me ha encantado. Sobre todo esto:
Nunca nos planteamos que la respuesta sea “estoy contenta”, “estoy triste”, “echo de menos a tu abuelo” o “me gustaría que vinierais más a verme”.
Las abuelas son seres especiales.
Besos.
April 7th, 2009at 1:43 am(#)
Qué egoistas somos y qué egoístas nos enseñaron a ser. Ya sabes que me ha emocionado leerte.
April 7th, 2009at 12:42 pm(#)
Y es que no se crece igual sin una abuela/o al lado durante la infancia. Ese cariño es único y necesario.
Ahora me has echo recordar los emotivos últimos momentos de la vida de mi abuelo materno. Gracias y un fuerte abrazo a tu abuela. Disfrútala !
April 8th, 2009at 7:00 am(#)
Leyendo esto me veia en el patio,jugando al escondite en las escaleras prohibidas(las que hoy son las escaleras de casa de mi madre),jugando con Guni en el campo,los paseos para recojer esas tagarninas que nunca me gustaron, los paseos hasta el Rio Jara.
Jessi me has hecho recordar los momentos mas felices de mi infancia, me has hecho llorar de añoranza, añoranza de esos
días y esos buenos momentos.
Ahora que estoy lejos,leer estas cosas me ayudan.
un beso muy gordo
April 8th, 2009at 7:45 am(#)
Y sí, ella es la María Dolores del texto… Magdalena para mí, porque cada vez que llegaba el domingo y tenía que volver a la San Fernando, ella lloraba desconsoladamente…
aún así, seguimos compartiendo ratos…
April 9th, 2009at 3:21 am(#)
Hola otra vez “lechuga”bonita,estoy con mi madre que acaba de leer tu relato y me encarga que te diga que la has emocionado mucho,tuvo que sacar el pañuelo para los mocos-lágrimas,un besote Carmen
May 9th, 2009at 3:12 am(#)
es la tercera vez que he empezado a leer este regalo a tu abuela Beatriz, hoy he conseguido terminarlo. como dices en el texto es un pequeño puzzle de lugares comunes. muchas noches, cuando no consigo dormir de seguido, me acuerdo de mi abuela. nadie puede saber cuánto la echo de menos o cómo de difícil es pasar por su casa, ahora vacía, repleta de esos recuerdos que tan bien describes. no he podido entrar desde que se fue.
en su patio también había pozo, también nos decían que por ahí salía “la mano negra” para que no nos acercáramos. mi abuela llevaba siempre un manojo de llaves secretas en el bolsillo interior del delantal. nunca sapimos qué escondían esas llaves. de vez en cuando, nos llevaba a algún altillo y abría con una de esas llaves una puerta pequeñita que escondía una casa de muñecas antigua. Era común encontrar por el salón y la cocina botes con almendras que ella misma tostaba y que nos sorprendían en rincones inhóspitos porque ella era así de impredecible. era una excelente cocinera, y aunque ya nunca volveré a comer las pastas “flora”, su excelente dulce de membrillo o su maravilloso helado de limón, su sabor me acompañará el resto de mi vida. Sobre todo la recordaré porque nos hizo reír muchísimo, incluso estando ya malita, y por esa manera de caminar que le dejó una lesión de cadera, descrita por felipe como “un fetiche” de los de kirikú.
gracias por haber permitido este reencuentro con ella a través de tus palabras.
un abrazo para tu abuela y otro para ti.
May 18th, 2009at 2:27 am(#)
Preescolar, gracias, por el la pieza de tu puzzle…
al final los recuerdos inmateriales se vuelven inmateriales en nuestra retina, en nuestra nariz y oídos…
Es maravilloso ver cómo los recomponemos..