
Estoy aprendiendo a conducir. El primer día me acerqué al coche y las manos me sudaban. “Estas son las llaves, este es el freno de mano, la calefacción, parabrisas. Más rápido, más lento. Luces”. Mientras Paco me explica para qué sirven todos los botoncitos, palancas y luces varias, yo lo único que hago es temer el momento de arrancar el coche. “Marchas. Punto muerto, izquierda y hacia arriba. Primera. Hacia abajo, segunda. Tercera, pasas por el punto muerto hacia arriba a la derecha. Hacia abajo, cuarta. Quinta. Punto muerto, derecha y hacia arriba. ¿Estás?”, “Sí” digo mientras intento memorizar todos los movimientos que Paco ha hecho con la palanca de cambio, no puede ser tan difícil. “Puedo hacerlo una vez más?” le digo y justo después él añade, “Arranca”.
Arranco, pero todavía Paco no me ha explicado por qué tenemos debajo del volante tres pedales y no dos, porque hasta el momento, que yo sepa, salimos del vientre materno con dos piernas -algunos tienen tres, pero son los que menos-. Desde ese momento hasta hoy la lucha libre entre las marchas, el embrague y yo han sido peores que las de Hulk Hogan, El Enterrador y Los Sacamantecas.
De los pasos de peatones no sé si quiero hablar porque directamente no existen, como tampoco existen las líneas contínuas, las señales o los espejos retrovisores. Y yo que me hice de letras en 4º de ESO para poder olvidarme las matemáticas y los problemas, no volver a ver un número más que en el ticket de la compra y ahora me descubro haciendo cálculos extraños para saber a qué distancia y velocidad está el coche que viene por detrás. “Si el coche A va a una velocidad de 80 kmt/h y el coche B va a 100 kmt/h, en qué momento de mierda se supone que puedo pasar al carril derecho cuando llevo cinco minutos con el intermitente puesto y me voy a comer a la furgoneta del frutero que está descargando los melones?” eh?
Las rotondas. Éstas son un campo de batalla. “Pisa un poco freno, reduce a segunda. Pisa el embrague, mete primera. Paro. Pasa. No. Espero. Paso. No. Espero. Paso. No. Espero. ¿Alguién podría poder un contador de cuántos coches he dejado pasar?” Vale, ahora paso. Pero no es tan fácil, mira por el retrovisor, mete segunda, no te salgas del carril, pon el intermitente en la segunda salida y todo esto sin comerme la estatua que hay en el centro de la rotonda que rinde homenaje a un minero asturiano. ” Vale, he salido de la rotonda. Sigo con vida. Pero no respires muy hondo”, pienso cuando veo que Paco se pone el cinturón de seguridad, ¿qué significa? Incorporación a la autovía. “Nooooo Paco, que soy incapaz de poner el coche a 120 mientras me estás diciendo “siiiin miiiieeeeedo, siiiin miiiiieeeedoo. Venga un poco más.” Vale, meto cuarta, acelero”. El coche zigzaguea entre el carril derecho y el izquierdo. Sé qué tengo que meter quinta, ¿cómo era? “Punto muerto, derecha y hacia arriba”. Lo vuelvo a repasar mentalemente “punto muerto, derecha y hacia arriba. Pero si lo repaso una vez más no pasa nada: punto muerto, derecha y hacia arriba. Ahora estoy preparada, piso embrague y escucho “veeennngaaa, siiin miiieeedoo”. Meto quinta y a 300 metros tengo una incorporación a la ciudad, así que yo voy pisando freno. “Noooo”. Piso acelerador. 100 metros. Ya estoy en el carril, reduce velocidad de 100 a 60 “ajam”, reduce marchas “jajajajaja, de quinta a cuarta, de cuarta a tercera, de tercera a segunda, atasco”. Paco me mira y me dice “¿de verdad crees que has cambiado la marcha?”. La tensión en esa curva de incorporación es tal, que parece ser que muevo la palanca de marchas como si estuviera batiendo mahonesa. “Desastre”.
“Vamos a aparcar”. Sigo a mi bola, pensando en el semáforo o alegrándome porque he conseguido esquivar a un peatón y me siento feliz porque hoy no será el último día que no vea a sus hijos. “Vamos a aparcar”. Ya me entero. “intermitente, más despacio. Hueco localizado y allá voy. Embrague. Volante a tope y marcha atrás. Marcha atrás. Pienso. Punto muerto, levanto la piel de la palanca, la tiro a la izquierda y hacia arriba”. Busco mi referencia a través de la ventanita pequeña. “Embrague. Freno, no. Despacio. Más despacio”. Mido: un cuarto. La rueda choca contra el bordillo y el coche se dispara. Freno, no, digo embrague. Enderezo con dos vueltas. Embrague. Meto primera. Salimos, de nuevo.
Mientras aprendo a controlar ese arma al que llaman coche, mientras intento no convertirme en asesina y a la vez no morir en el intento, escuchamos la Ser, hablamos del caso Gürtel, de la economía, del tontolabadeRajoy, de la corrupción, del trabajo, de bodas o de las hijas de Paco. A veces, los semáforos se ponen en verde y yo reacciono tarde para volver a ponerme en marcha, porque mi amigo David me cuenta todas las mañanas, lo que pasa en el mundo. Gracias.
Creo que mi dolor de cuello y espalda está más que justificado, no? Y hagánme un favor, si me ven en un coche, ponganse a cubierto.